“Hay terroristas atacando, me han pillado”: el relato de una joven israelí secuestrada en Gaza | Internacional

Shirit Yerushalmi sostiene un cartel en el que aparece la imagen de su hija, Eden Yerushalmi, el pasado martes en su casa de Tel Aviv.Luis De Vega Hernández

“Shani, me han pillado”, susurró Eden Yerushalmi a su hermana mayor a través del teléfono la mañana del 7 de octubre en el momento de ser capturada por milicianos durante el ataque sin precedentes que perpetró ese día Hamás. Fueron los últimos segundos de cerca de cuatro horas de conversaciones en las que la joven relató en directo a su familia el infierno que estaba viviendo en el festival Supernova, donde 260 personas fueron asesinadas y varias decenas fueron secuestradas. Una de ellas es la propia Eden Yerushalmi, cuya increíble peripecia ha sido reconstruida por su madre, Shirit, y su tío, Guy Izhaki, en la residencia familiar de Tel Aviv. No saben nada de ella desde entonces, ni si está herida, ni quién la tiene retenida, ni dónde. Son 43 días de absoluto silencio.

Varios miles de personas, entre ellas familiares de esos rehenes, llegaron en la tarde del sábado a Jerusalén tras cinco días a pie desde Tel Aviv para presionar al primer ministro, Benjamín Netanyahu. En un discurso emitido al país a última hora, el mandatario, cada vez más puesto en tela de juicio por la guerra, dijo que habrá un acuerdo para liberarlos.

La madre, de 49 años, tiene perfectamente contados los días sin su hija, que cumplió 24 el 14 de octubre, ya cautiva en algún lugar de la Franja. Shirit visualiza el momento en que vuelva a entrar por la puerta de casa, así mantiene la esperanza. Pese a que hay un equipo de voluntarios que vela por las necesidades de las familias de los alrededor de 240 rehenes en manos de milicianos palestinos, el proceso en medio de tanta incertidumbre está siendo “largo y duro”. Es difícil para ella revivir la última conversación con su hija, aquel día en que una joven camarera vio cómo asesinaban a dos amigas, trató de esconderse y acabó secuestrada.

El sábado, Eden debía trabajar junto a Dorin y Lior como camareras en el evento, que se celebraba a lo largo del fin de semana en Reim, a unos cinco kilómetros de Gaza. Las tres viajaron la tarde del viernes para disfrutar de la música y ya quedarse allí. A las seis y media de la madrugada, Shirit recibió la primera llamada de teléfono. “Mamá, están atacando con misiles y esto se suspende. Regreso a casa”, avisó. Una hora después, la segunda. “Hay terroristas atacando”, describió entre lágrimas. Los disparos se escuchaban constantemente de fondo mientras la madre trataba de tranquilizarla, le decía que seguro que eran militares que habían acudido al rescate. Todo lo contrario.

Las tres amigas lograron llegar al coche y esconderse dentro. En medio de aquel horror, los atacantes acribillaron el vehículo. Dorin y Lior murieron, mientras que Eden quedó ilesa bajo sus cuerpos. Todo lo iba narrando a través del móvil, hasta que se quedó sin batería. Entonces siguió comunicándose, casi todo el tiempo con su hermana Shani, de 25 años, gracias a uno de los teléfonos de sus amigas asesinadas. “Siento la sangre gotear sobre mí”, afirmaba entre susurros sin atreverse a escapar.

Eden Yerushalmi, en una imagen cedida por su familia.
Eden Yerushalmi, en una imagen cedida por su familia.

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Tras hora y media, alguien abrió la puerta del coche. Pensó que la venían a rescatar, pero no, era otro festivalero buscando refugio. Ambos decidieron huir a la carrera, cada uno por su lado. Eden acabó agazapada entre una arboleda. La familia, al teléfono, seguía cada movimiento desde casa. La joven describía lo que podía ver: hombres armados por todos lados, disparando a todos los que podían. Decía que algunos vestían con uniformes como los del ejército de Israel, pero no tenía duda de que eran atacantes. En torno a las 11.00, el cerco se estrecha sobre ella y los milicianos la descubren, como recoge la grabación que hizo su hermana Shani y que facilitó a EL PAÍS.

Ahí se paró la vida de toda la familia. Se aferran al coraje y determinación de la joven, confían en que logrará volver a casa y recuperar su ritmo de vida. Saben que cayó en manos de sus captores sin haber sido herida y eso, hasta cierto punto, les tranquiliza, aunque no disponen de ninguna prueba de vida desde aquel abrupto final de la conversación telefónica. Ni siquiera saben si está en manos de Hamás, de la Yihad Islámica o de civiles palestinos. Si está con Hamás, la familia quiere pensar que se encontrará junto a otros rehenes. Si la custodian civiles, será más fácil que esté sola.

Aquel 7 de octubre, los radicales islamistas acabaron con la vida de unas 1.200 personas en territorio israelí y se llevaron secuestradas a Gaza a unas 240 en el peor ataque sufrido por Israel en sus 75 años de historia. De inmediato, se desató la actual guerra. La operación militar israelí por tierra, mar y aire que ya ha costado la vida a más de 12.000 personas en el enclave palestino a orillas del Mediterráneo.

Sentada en un sofá, Shirit, una mujer menuda que sonríe de vez en cuando al recordar a su hija, no deja de mirar de reojo el cartel con la foto de Eden que ha dejado sobre la mesa. La joven trabajaba de camarera al tiempo que se preparaba para ser monitora de pilates. A la vez, disfrutaba de la vida. Iba a la playa, salía de fiesta, viajaba. El domingo 8 tenía billetes para visitar Grecia durante unos días. Este año había pasado un mes en México y el próximo marzo preveía viajar unas semanas a la India. La foto del cartel que tanto mira su madre fue tomada durante una visita al desierto del Sinaí (Egipto). “No era alguien que perdiera el tiempo”, recalca con una sonrisa su tío.

La madre apenas come, apenas duerme. Quien lo cuenta es Liat Blumenfeld, una abogada de 27 años. Apenas tres más que Eden. La letrada forma parte de los 400 voluntarios que trabajan para un centro de control que el Gobierno israelí puso en marcha tras el ataque para dar asistencia a las familias de los secuestrados y desaparecidos y que aglutina tres ramas. “Una de inteligencia, que recaba información sobre los rehenes y se encarga de transmitirla a las familias; una de asuntos sociales y medios de comunicación, que provee de información a los medios y da apoyo a las familias; y una legal”. A esta pertenece Blumenfeld. Ella es el enlace con el Ejecutivo israelí. Rellena formularios, se encarga de la burocracia, intentará que accedan a una prestación para afectados por la guerra. No es este caso, pero hay hogares que necesitan incluso un techo, después de que su casa sufriera daños durante el ataque. El objetivo es que cada familia se relacione siempre con el mismo equipo: dos militares, dos trabajadores sociales, un abogado.

La abogada Liat Blumenfeld, fotografiada en Madrid.
La abogada Liat Blumenfeld, fotografiada en Madrid. Santi Burgos

El 16 de octubre, el ejército acudió a casa de la madre de Eden a comunicarles que daban a la joven por desaparecida. Tres días después, regresaron para darla por secuestrada. “Entendemos que no nos ofrezcan ningún detalle a nivel de inteligencia, ni de las condiciones en las que pueda estar, ni el lugar, ni nada”, comenta el tío de la joven, Guy Izhaki, de 51 años. La familia ha preferido mantenerse aislada, no indagan en redes sociales, no ven las noticias. Pero sí saben que el círculo de amigos de Eden ha estado buscando algún rastro de la joven. Otros rehenes sí aparecen en vídeos que fueron grabados el 7 de octubre. Aquí, nada.

Esperanza e incertidumbre

Blumenfeld explica que, precisamente por eso, el caso es muy difícil. Aunque en realidad todos lo son. La abogada viajó a Madrid por motivos personales, pero decidió ponerse en contacto con la Embajada israelí para contar la historia de Eden. Recuerda la primera vez que vio a sus padres, cuenta que ellos le dan esperanza. “El padre es constructor, la madre está empleada en la compañía de correos israelí. Pero ahora no pueden trabajar. Están constantemente pensando en el momento en que vuelvan a ver a su hija. Han comprado las cosas que creen que pueda necesitar cuando regrese a casa”, cuenta la letrada.

En Tel Aviv, cada viernes, miembros del ejército acuden a la casa familiar. Hay semanas que les visitan dos veces. Nada puede acabar, sin embargo, con esta incertidumbre que pesa tanto que aplasta. Pese a que Shirit siempre trate de pensar en positivo. Entiende que su hija debe estar pasando mucho miedo, pero, al mismo tiempo, quiere pensar que Eden sabe que su familia está constantemente pensando en ella, que no la deja sola y que espera a que vayan a salvarla. Hay familias de rehenes que se han mostrado muy críticas con el Gobierno israelí y su campaña de ataques aéreos en Gaza. Shirit confía en el Ejecutivo y en el ejército para que traigan a su hija de vuelta a casa. Su hermano Guy entiende que “tanto unos como otros están haciendo lo mejor que saben” ante la aparente contradicción que supone la necesidad de acabar con Hamás y, al mismo tiempo, liberar a los rehenes.

En la mente de Shirit, las imágenes de su hija conviven con las familias de las amigas de Eden que fueron asesinadas. Shirit pudo acompañar a la madre de Dorin durante la ceremonia de duelo que, según la tradición judía, tiene lugar una semana después de la muerte. Pero en este tiempo apenas ha abandonado el domicilio familiar. A excepción del jueves. Gracias a un permiso del ejército, Shirit acudió junto al padre de Eden, Nador, y sus otras dos hijas al punto exacto de ese bosque próximo a donde se celebró el festival Supernova y en el que la joven fue secuestrada. “Quiero ir a ese lugar, sentir a mi hija”, explicó antes de hacer la visita. Eden les envió la localización con la aplicación Google Maps a través del teléfono. Allí la escucharon por última vez. Solo esperan poder volver a oír su voz.

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